Memorias con sabor a mango

Mi fruta favorita siempre ha sido el mango y fui bendecida con una infancia rodeada de ellos. En mi Valledupar del alma, la ciudad de los Santos Reyes, casi cada casa tiene un árbol de mango sembrado.

Ya sea de hilacha, mango-manzana, azúcar o chancleta, no hay un recuerdo de mi niñez que no incluya un jugoso mordisco, una cara untada y unos hilitos que se quedan enredados entre los dientes.

Ni hablar del manguito biche… cortado en cuadritos, con limoncito, sal y pimienta… ah!!!!!!! cómo será de sabroso que así se llama una de las mejores canciones del cacique de la música vallenata, Diomedes Díaz.

Ahora me doy cuenta de los muchos años que han pasado desde que me comí el último mango acabadito de bajar del árbol. Los caminos de la vida me han llevado lejos del paraíso cálido y dulce de mi niñez para encontrarme rodeada de nieve en un rinconcito bello de la costa Atlántica canadiense: Halifax, Nova Scotia.

Son 20 grados centígrados de diferencia, medio océano atlántico y casi 9 horas de vuelo haciendo escala en Toronto los que me separan de mi niñez y hacen que sólo pueda disfrutar mi fruta preferida a través de mis recuerdos.

Puede que la nostalgia de estar lejos siga doliendo como una punzada en el corazón, pero no me arrepiento de haber tomado la decisión de venir a vivir acá. De hecho cada día que pasa me enamoro más de mi ciudad adoptiva y me considero afortunada de vivir en esta tundra paradisiaca. 

Lo que no puedo negar es que además de la diferencia en la temperatura, la ubicación geográfica y el kilometraje que separa las dos ciudades de mis afectos, la que más se nota es la diferencia en los sabores… y en el efecto que tiene la comida una vez llega al estómago.

Hace cinco años llegamos mi esposo y yo a Halifax, y nada nos hizo más feliz durante nuestros primeros meses como nuevos haligonios que asumir nuestro nuevo estilo de vida canadiense. Aprendimos a hablar como los canadienses, a celebrar el día de Canadá y a palear nieve como rockstars… canadienses. Pero algunos meses después de haber llegado, nuestros intestinos empezaron a decirnos que algo estaba mal. Literalmente. Las tripas nos sonaban como cantos de ballenas en medio del océano.

No, no eran gases retenidos ni sufríamos de estreñimiento… era como… si nuestros intestinos se estuvieran quejando!.

Buscamos ayuda médica para buscar una solución a los vergonzantes alaridos gástricos pero la doctora nos dijo que lo que teníamos no era un problema que necesitara solución sino una reacción al nuevo ambiente al que debíamos acostumbrarnos, y ese ambiente no sólo incluía el clima, el cambio horario o el menor grado de polución sino también los alimentos que consumíamos.

En ese momento caí en cuenta de que los pepinos aquí duraban más tiempo en la nevera que en mi país, que la leche sabía ligeramente distinto y que los tomates tenían un sabor totalmente diferente. Incluso los bananos que eran importados directamente de nuestro país, Colombia, sabían distinto. Finalmente entendí que hay una diferencia enorme entre consumir los productos que se cultivan en en el territorio donde vives, que crecen cerca de ti, y los que te llegan de afuera. La diferencia no solamente tiene que ver con el sabor de dichos productos sino también con nuestra propia salud, la sostenibilidad ambiental, económica y en últimas, con una mirada totalmente distinta a la idea de progreso que la sociedad nos ha taladrado en la cabeza desde antes de que dejaramos de usar pañales.

Tiempo después, y luego de comprar nuestra casa, un afortunado accidente hizo que me decidiera a montarme en el bus de la horticultura… o al menos intentarlo… porque en serio quería volver a probar un tomate que supiera a tomate!!!

Mi propósito con este blog no solamente es registrar mi proceso de aprendizaje de la horticultura y cómo realmente Dios se manifiesta en el poder de la naturaleza para poner ‘la comida en nuestro plato’. También es una forma de entender el mundo y tomar mejores decisiones para nuestras vidas desde la más básica de las necesidades humanas: la de tener algo valioso en el estómago.

Puede que algunos quieran intentarlo -y les advierto, vale muuuucho la pena!-, puede que sólo quieran pasar el rato leyendo algo mientras esperan que los atiendan en la fila del supermercado… o puede que ya sean unos super expertos (as) en el tema y simplemente quieran ayudarme a hacer las cosas mejor… sea lo que sea, les quiero dar la bienvenida y desearles una buena cosecha!.

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